El medio tiempo del Super Bowl XLI se convirtió en algo más que un espectáculo cuando Bad Bunny apostó por el simbolismo como forma de mensaje. Sin discursos explícitos ni menciones directas a Donald Trump o al ICE, el artista puertorriqueño reciente ganador de tres Grammy, incluido Álbum del Año por Debí tirar más fotos, construyó una narrativa visual cargada de significado.
El show arrancó con la frase “Qué rico es ser latino” mientras el estadio se convirtió en un platanal, alusión directa a las raíces caribeñas y al trabajo agrícola que sostiene buena parte de la economía estadounidense. En un contexto donde el discurso político criminaliza la migración, el escenario reivindicó la dignidad de quienes trabajan la tierra y alimentan al país.
Entre los surcos aparecieron puestos de tacos, aguas frescas, uñas, construcción y boxeo, retratando oficios cotidianos de la comunidad latina. La ya viral “casita rosa” fue derribada de una patada, en una imagen que evocó los operativos migratorios en los hogares. Más adelante una boda latina, un niño dormido en sillas y la aparición de figuras como Lady Gaga o Ricky Martin reforzaron la idea de identidad, mezcla cultural y memoria colonial.
En el cierre, Bad Bunny entregó simbólicamente su Grammy a un niño y proyectó mensajes como “Juntos somos América”, “Lo único más fuerte que el odio es el amor” y “Seguimos aquí”, resignificando el “God Bless America” desde una mirada latinoamericana. Mientras tanto, el presidente Trump criticó el espectáculo, calificándolo como “uno de los peores en la historia del Super Bowl”. Pero el puertorriqueño mostró que lo simbólico puede convertirse en una resistencia tan contundente como cualquier discurso político.